Paso de ecuador. Compartiendo camino.

Ya viene a ser normal que publique un texto el día posterior a un día de celebración o un día de reunión importante. Ya pasó en aquella noche de despedida de las Rutas Literarias de Zamora en 2010 con “Deseo no correspondido”, el día de mi graduación de Bachillerato con “Te quiero, Humanidad” en 2012 y en otras muchas ocasiones. En esta ocasión, la celebración es el paso del ecuador, es decir, la celebración de haber completado la mitad de la carrera universitaria.

El presente texto es ante todo una reflexión. Una reflexión para poder comprender todo lo que me ha ocurrido en estos dos años, desde la graduación de Bachillerato hasta hoy y ahora. Pasamos de un traje a otro, solo que esta vez con algo más de madurez y algo más de barba.  También es una reflexión de mi adolescencia y cómo ha influido en lo que actualmente soy. Es una reflexión para poner los pies en la tierra, para parar el tren de la vida y rebobinar cada huella inundada en la arena. Han ocurrido muchas cosas, más de las que me imaginé que pasarían y todas ellas confluyen hoy en este texto, que pretende ser muy emotivo.

Salí de Pamplona con dirección Tudela con el objetivo de huir, mayormente. Quería estudiar fisioterapia, pero más que eso, quería escapar del agobio que era para mí que todo el mundo me conociera, que todo el mundo me etiquetara y en cierto modo, de la normalidad. El amor a la fisioterapia lo sentí más adelante, pero sí que fue ideal que dicha carrera universitaria estuviera en una ciudad distinta a la de mi residencia.

Irme a Tudela suponía para mí –y para muchos otros que estudian fuera- empezar de nuevo, liberarme de las presiones de ser “el serio” para unos y “el amargado” para otros. También suponía plantearme la vida más independiente y renovada. Las personas que me conocen saben que no tuve una adolescencia fácil. Cuando la gran mayoría daba sus primeros bailoteos con Daddy Yankee de fondo y daba sus primeros tragos, yo me dedicaba a escribir letras de rap, estudiar y jugar a fútbol. Siempre digo que el rap –música muy infravalorada- ha influido mucho en mi manera de ser y dio base a lo que soy hoy. Los dos años del bachillerato fueron muy oscuros para mí: perdí amigos que se fueron por otros caminos, me rompí la rodilla, dejé de jugar a fútbol, una de mis grandes pasiones. Estaba enamorado de una chica a la que no me atrevía ni a mirar y a la cual amé durante muchos años en silencio. Estudiaba mucho porque sabía que una nota alta me daría muchas oportunidades de estudios universitarios. Dejé de rapear y me dediqué a escribir poesía sin ningún tipo de fundamento, solo para liberarme de mí mismo.

Estaba muy solo. Y tenía la autoestima por los suelos. Es lo que comúnmente se conoce como “ser un pelao”. En medio de esa soledad, escribí y publiqué dos libros, Abstracción I y Abstracción II: Huellas Inundadas. Libros que escribí casi enteramente en clase y en tiempos de recreo. Decidí que quería estudiar fisioterapia en la camilla, mientras me rehabilitaban de la rodilla. Estudiar medicina me quedaba muy grande y fisioterapia era la opción más idónea. Terminé el bachillerato exhausto, puesto que lo daba todo en las ocho asignaturas, lo cual hacía que fácilmente me quedara hasta las cuatro de la madrugada realizando tareas y estudiando. Era tal el deseo de escapar de Pamplona que no había sueño que me tumbara.  

Aceptado en fisioterapia. Podía descansar. Di por terminada una etapa, la del silencio. Tenía muchas ganas de empezar de cero. Era consciente de que era una persona atípica, que pensaba cosas que otros de mi edad no pensaban, hasta el punto que tuve (y tengo) amigos que me llamaban “maestro” y no por que supiera grandes cosas, sino porque veían que había alguien que no seguía los cánones, que pensaba por sí mismo y que expresaba sus ideas con claridad. Hoy, puedo decir que estoy orgulloso de la amistad que guardo con dichas personas, a las cuales admiro.

Tudela lo cambió todo o casi todo. En estos dos cursos, he conocido a gente a la cual admiro profundamente, gente que me alegra con solo decir dos frases, gente más culta y menos culta, gente más graciosa y menos graciosa. He tenido miedo de mis compañeros de piso y a día de hoy los considero grandes personas y amigos de confianza. He tenido que ganarme amistades paso a paso, puesto que yo no lo tuve tan fácil. Después de las novatadas, la mayoría ya tenía gente con la que relacionarse. Yo me tuve que ir ganando persona a persona, a base de conocerla y dejar que me conocieran. A mí me han criticado, hablado a mis espaldas, tachado de cosas que no soy. Pero también me han aceptado como soy, con mis virtudes y defectos. Ha habido personas que no han tenido miedo de mí e hicieron un esfuerzo en conocerme, porque no soy fácil de conocer; muchas personas me están empezando a conocer ahora, después de dos años.

En mi primer año, grababa vídeos haciendo el mameluco solo para quitarme la vergüenza, para desinhibirme y poder relacionarme mejor con la gente. En mi primer año, definitivamente descubrí que el mundo de la noche no era el mío y que fingir que me lo pasaba bien ahí me costaba muy caro a posteriori.

Ese primer año de carrera fue testigo de mi primer amor, un amor fugaz pero muy apasionado por mi parte. Un amor con un desarrollo equívoco, puesto que proyecté en la otra persona una excesiva presión, fruto de un cúmulo de amor no entregado durante muchos años. Idealicé en exceso a la otra persona y no le concedí el tiempo y el espacio que necesitaba para estar con ella misma. Amé con locura, tal y como versa nuestro amigo Lechowski, mas no me amaba a mí mismo, por lo que dicho amor no era del todo sano. Recuerdo que incluso relacionaba el hecho de tener pareja con ser alguien superior y también me servía para decirle a algunas personas que tan mala persona no era si había conseguido ser querido.

Ese primer año de carrera fue duro académicamente, puesto que había que estudiar las bases de la fisioterapia, la teoría pura y dura. Mi método de estudio no acababa de definirse y perdía mucho tiempo; no era eficiente. Llevaba una vida verdaderamente sedentaria, puesto de que desde mi lesión de rodilla, no había practicado más deporte. No escribí casi nada ese curso, fruto de mi felicidad maquillada por los besos y el recogimiento de la pareja. La escritura que yo desempeñaba nacía del tormento y en ese momento, no existía tormento. Me entregué excesivamente a la pareja y eso hizo que no me relacionase tanto con otras personas, lo cual lamento profundamente, puesto que a día de hoy, eso sí es posible. Terminó el curso y con él, unos resultados académicos notables.

El verano venidero fue un auténtico horror, fruto de la ruptura con la pareja, lo cual me sumió en un lodo existencial del cual no creí que fuera a salir, y del cual aún estoy saliendo. Dicho suceso supuso mi vuelta a las tintas y escribí mi parte correspondiente del libro “Inocencia/Crudeza” el cual publicaría con Daniel López, mi catalán preferido. De alguna forma, purgué mis penas escribiendo poemas pero para nada podía dejar de sentir el vacío atronador.

Y comenzó el segundo curso, un curso potente en el cual no podía permitirme altibajos. Dicho curso fue una verdadera tortura; jamás he sufrido tanto como en ese curso, ni siquiera cuando tenía que ir al instituto y justo después de clase, asistir a rehabilitación durante meses. Un curso que no sé ni cómo saqué adelante. No dejé que mis problemas afectaran a mi rendimiento académico y teniendo en cuenta que fue un curso duro, acababa los días agotado. Sin embargo, tuve mucha suerte al tener a una serie de personas que cada día –cada día, de verdad- soportaban mis quejas y reflexiones.

Fue en el punto de mayor agotamiento cuando empecé a correr. Empecé a correr como Mari José, una mujer que perdió a su hijo y para superarlo empezó a correr. La cosa era salir de casa. Tanto fuera como dentro de casa, ella iba a pensar en su hijo pero corriendo evitaba volverse loca. No pretendo comparar mi situación con la de ella, pero sí que se asemejan en que correr nos ayudó a superarlo en cierto modo, nos ayudó a canalizar los pensamientos y sentimientos.

Correr me salvó la vida. Mientras corría, pensaba en ella y pecaba, pero de alguna forma inexplicable, me aliviaba. Los primeros días incluso lloraba mientras corría. No quería dejarme nada dentro. Quería soltarlo todo. Ya pasé muchos años reprimiendo sentimientos. Por eso, considero una virtud mía la capacidad de expresarme con sinceridad, sin engañarme a mí mismo. Si siento mucho cariño por un amigo, se lo digo. Si pienso que algo que hace esta amiga no me parece bien, se lo comento. No me gusta mentir ni mentirme porque a la larga, todo sale a la luz.

Correr también me permitía ponerme a prueba, saber de qué era capaz. Era (y es) la sensación de “joder, es duro pero he podido”. No corría más de 18 minutos el primer día y hoy en día puedo correr hasta 2 horas y media sin parar. Es fruto del esfuerzo y si algo me gusta del correr es que te devuelve lo que le das, algo que no sucede mucho en la vida real en general.

Conocer las historias de personas como Josef Ajram, Valentí Sanjuan y Kilian Jornet me impulsaron a seguir una filosofía de vida donde no existen los límites. Mientras existan objetivos, no hay límites. Sus historias me inspiraron y me inspiran y me hicieron darme todavía más cuenta del estilo de vida que quiero llevar y sobre todo, de lo que NO quiero ser. No quiero ser una persona dependiente de ninguna sustancia. No quiero fingir quien no soy. No quiero ser hipócrita. No quiero pasar por la vida sin más, quiero dejar el mundo un poco mejor de como me lo he encontrado. No quiero beber para solucionar mis problemas. No quiero amar sin amarme yo.

El curso avanzó entre nuevas amistades, salidas a correr a las 10 de la noche y exámenes. Y escritura, también. Quería un nuevo reto literario: escribir una novela. No concibo ni siquiera a día de hoy cómo algunos autores son capaces de crear semejantes obras novelescas, crear universos enteros con pelos y señales. Yo no me creo capaz de crear universos pero sí que me veo capaz de expresar una filosofía de vida en una novela. Y ese es mi reto actual: escribir una novela realista. La empecé a escribir en marzo. Quería un protagonista carismático, que gustase, muy a modo Dr.House. Sin embargo, cometí un error: el personaje se parecía demasiado a mí y no había distancia creador-protagonista. Al terminar el curso, tenía unas 200 páginas escritas, las cuales borré exceptuando algunos pasajes. Actualmente, la novela va en buen camino y pretende ser una historia de superación constante, en la que el lector se alíe con el protagonista para alcanzar la realización personal. El punto clave para querer seguir con la novela adelante fue leer “Larga Brevedad” de Rafael Lechowski. Un libro fundamental que en mi opinión, debería leer TODO el mundo.

El verano transcurrió entre Cádiz, el monte, el gimnasio y la piscina. Y David. Siempre él. Un verano donde hice lo que más me gusta: leer, escribir, correr, nadar, estar con la gente que quiero y poco más.

Y llegamos a ayer. Ayer, un día especial, pero no porque estuviera sentado en la mesa de un restaurante en un hotel, ni por la vestimenta que llevábamos mis compañeros de curso y yo, sino porque celebrábamos, o por lo menos yo celebraba, que había superado la mitad de la carrera de mi vida, la profesión que quiero desempeñar en mi vida.

Mis manos. Estas manos que muchos dirían que han escrito cosas muy bonitas, profundas o tristes. Estas manos que han acariciado con pasión la piel de su amada. Estas manos que en un tiempo, espero que sean capaces de mejorar la salud de las personas. Estas manos con las que expresarme y definitorias de lo que soy.

Si miro atrás, puedo ver a un Javier con la cabeza agachada, un Javier que lo daba todo en el campo de fútbol, a un Javier que amó en silencio durante muchos años. Veo a un adolescente que improvisaba como el demonio. Veo a Javier haciendo problemas de matemáticas a las tantas. Veo al Maestro conversar con Jon y Bismark sobre temas profundos. Veo a un Javier que aceptó su problema de oídos con entereza. Veo a un Javier que tenía que hacer nuevos amigos tras la “marcha” de los antiguos. Veo una inocencia perdida con una férula en la pierna izquierda y con una venda en cada oído.

Ayer fue un día especial, pero no porque nos sacáramos fotos a cada rato con nuestra mejor sonrisa. Fue un día especial porque nos reunimos personas increíbles con un camino compartido. Personas con sus pasados e ilusiones de futuro. Personas de numerosos lugares de procedencia. Personas con historias que contar, penas que ahogar. Sin embargo, nuestro camino se ha unido, y eso es lo que debemos celebrar. Compartimos un camino precioso. Mientras estaba en la mesa, observaba las manos de cada uno de mis compañeros y pensaba en el bien que harán esas manos en otras personas en el futuro.

Hoy, reconozco quien soy y me alegro de haberme conocido. Soy el peatón que espera a que el semáforo se ponga en verde. El señor de la sonrisa cerrada, como Pablo Carrouché. Soy el señor soso para la mayoría, el señor interesante para la minoría. Soy el poeta, el sordo, el romántico. Pero sobre todo, soy el señor que no olvida. No olvida de dónde viene, sus raíces; no olvida a sus amigos de antes de la universidad, no olvida ni siquiera a aquellos que no tomaron caminos de bienaventuranza. No olvida los besos y abrazos de quien alguna vez lo amó. No olvida a quien lo amó aunque “si te he visto, no me acuerdo”.

Quizás podríais pensar que no es necesario publicar un texto así. Sin embargo, considero importante escribir este tipo de textos para que el lector pueda entender mis poemas, relatos y reflexiones. Porque soy partidario de que para comprender a una persona en el presente, hay que conocer su historia.

Hoy puedo decir que soy medio fisioterapeuta. Si han pasado cosas hasta ahora, madre mía, ¡pues anda que no queda mili!

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