El Abuelo. |Capítulo 1|

Isaac es un joven de 18 años natural de Zaragoza, estudiante de Medicina, que vive preocupado por el futuro de su país. A él, la crisis económica le preocupa, por supuesto, pero ve mucho más grave la crisis moral crónica por la que atraviesa la sociedad española. Detesta la incultura de su país y se siente avergonzado por cómo se ríen de nosotros en el mundo. España parece estar limitada a proporcionar sol y playa; así se ve con la marabunta de alemanes e ingleses que vienen a la costa a hacer lo que en su país no hacen. Esa reputación de país de turismo etílico eclipsa todo lo bueno que ha dado y da España en materia de cultura.

Isaac se siente español. No porque sea un patriota de pulserita roja y gualda sino porque siente orgullo de la cultura de la que es heredero. El gran conocimiento que posee de la literatura, el arte y la ciencia nacida en  España, le hace sentirse orgulloso de pertenecer a ese país. Sin embargo, poco o nada le agrada de la actualidad española: niños que están creciendo desnutridos, otros no valoran lo que tienen y viven en una burbuja de tecnología agobiante, jóvenes que se saben cientos de letras de canciones pero no saben quién ni qué escribió Cortázar, muchos adultos que, en vez de dar ejemplo de respeto, educación, salud y cultura a sus hijos, deciden coger el camino fácil: que se entretengan con los videojuegos o con otros aparatos. Personas mayores que se limitan a decir “que ya estoy mayor para estas cosas” y por ello se pierden actividades que podrían hacer de sus vidas más plenas y felices.

Isaac tiene un grupo de amigos con los que discute en busca de hallar respuestas. Muchos de ellos coinciden en una visión pesimista en cuanto a la evolución de la sociedad. Creen que la sociedad está idiotizada siguiendo un plan que viene desde arriba. Piensan que el Gobierno pone trabas en el desarrollo de la cultura y quiere que la educación superior vuelva a ser cosa de ricos. Creen que algunos programas de televisión están destinados a entretener a la masa con cotilleos de personas famosas para que no piensen. Isaac y sus amigos reclaman de la sociedad que emprendan el acto revolucionario de apagar el televisor y decir: “¡no quiero que colonicen más mi cabeza con tonterías!”.

Sin embargo, en muchas ocasiones no consigue dilucidar ninguna respuesta a cuestiones varias. Así, aprovechando la semana de vacaciones en Santander,  decide visitar a su abuelo Rafael de 79 años pues, aunque critique a las personas mayores por su desinterés general, sabe que dispone de sabiduría no figurante en los libros. Isaac recuerda esa frase de una canción: “el oro lo guardan los viejos” comprendiendo el símil entre el oro y la sabiduría.

Rafael, el abuelo de Isaac, nació en 1935, justo un año antes del estallido de la Guerra Civil, en el seno de una familia republicana. En el año 1938, debido a la represión de cualquier persona no afín a la sublevación, los padres y él, hijo único, se exiliaron en Francia, junto con otras 400.000 personas, a través de los pirineos. Permanecieron en un campo de refugiados hasta 1940, cuando comenzó la ocupación alemana de Francia. Entonces, decidieron emigrar a América, más concretamente, a Argentina, donde en ese momento gobernaba Roberto Marcelino Ortiz. La familia vivió en la provincia de Córdoba.

En Argentina, había una clara diferencia entre la provincia de Buenos Aires y el resto de las provincias. En Buenos Aires estaba la cultura, los ilustrados, la gente de bien…Las provincias estaban pobladas por los gauchos; así es como se les veía a los que no eran de Buenos Aires. Buenos Aires suponía que ellos eran la civilización y el progreso, mientras que las provincias eran la barbarie, los incultos y los que tenían que trabajar el campo y las vacas para enviarlas a Gran Bretaña.

Rafael fue educado como un niño normal, si bien los recursos de la familia no eran muy numerosos. Al terminar los estudios primarios se puso a trabajar con sus padres en el campo, y al terminar la jornada le gustaba leer los libros que había por casa. Eran libros sucios, con muchas páginas estropeadas, que procedían de un mercadillo donde, por muy poco dinero, se compraban libros de segunda mano. Libros como “El Matadero” de Esteban Echeverría, o “El Martín Fierro” de José Hernández.  Rafael pudo cultivar su placer por la lectura y aprendió muchas cosas de la cultura del interior argentino.

En 1967, se casó con Carolina, natural de la provincia de Córdoba y al año siguiente, tuvieron el que sería su único hijo, Isaac. En 1976, una vez acabado el franquismo tras la muerte de Franco, Rafael convenció a su mujer para volver a España y llevar a cabo sus vidas allí, junto a su hijo. Al principio, su mujer fue reacia a tal opción pero al final aceptó, ya que en ese momento gobernaba el dictador Videla y la vida se hacía realmente dura. Los padres de Rafael decidieron quedarse en Córdoba, así como los de Carolina. Pronto fallecerían los padres de Rafael.

Una vez en España, Rafael trabajó en el campo, como en Argentina. El trabajo era duro y llegaba a casa exhausto. Sin embargo, sacaba algo de tiempo para leer novelas. Carolina era profesora de primaria en una escuela de Santander y realmente vivía su profesión, le encantaba sacar a sus alumnos fuera del colegio para enseñarles la naturaleza en vivo o hacer juegos para aprender los tiempos verbales.  Eran tiempos donde la democracia comenzaba a dar sus primeras pataditas, lo cual generó en la población un sentimiento de esperanza después de toda la posguerra. Eran tiempos donde Felipe González, con su oratoria, hacía brillar los ojos de la mayoría de los ciudadanos.

Allá por los años 90, Isaac padre trabajaba en la construcción y se le encargó trabajar una temporada en Zaragoza. Allí, conoció a la que sería su esposa, Rosa, natural de Zaragoza, y se quedó allí a vivir con ella. En el año 1996, nació Isaac. Un solo mes más tarde moría Carolina, a los 57 años, fruto de una enfermedad autoinmune llamada granulomatosis de Wegener. Rafael se jubiló y entró en una fuerte depresión que le duró varios años.  Sin embargo, rechazó que su familia se trasladase a Santander para estar con él. Él argumentaba que debía recuperarse solo y así lo hizo. Gracias a la sombría lectura de Arthur Schopenhauer, consiguió salir de la depresión. Rafael argumentaba que tras leer al autor alemán, se hundió en lo más profundo de su ser y a raíz de ahí, solo podía mejorar y salir a la superficie.Vicente Alexandre

Rafael no estaba solo en Santander. Tenía numerosos amigos con los que hacía todo tipo de actividades, desde caminar, charlar, ver películas…Sus amigos lo llamaban “El Maestro”, porque fue precisamente él quien incitó a todos ellos a no conformarse con sentarse en el sofá y fumar puros los domingos. Él les abrió la puerta al mundo de las letras y la historia y a menudo les contaba historias de su infancia y juventud en Argentina, con ese acento argentino que bien conservaba.

Ya entrado el siglo XXI, a Rafael le dio por indagar en la Historia de España y sobre todo, quería averiguar más sobre la relación España-Sudamérica del pasado. Leía libros, revistas antiguas, películas, documentales…Era corriente verlo por la biblioteca de la ciudad buscando libros a la par que los muchachos jóvenes se asombraban al verlo cargar con muchos libros en sus brazos. Llevaba una vida que él llama “vida de gafa y paseo”.

Cada verano, Isaac, su hermana pequeña y sus padres veranean por Cantabria y permanecen las dos semanas de vacaciones junto al abuelo. Isaac siente un enorme respeto por su abuelo, quien desde hace un tiempo se había convertido en su modelo a seguir.  No ha sido hasta este verano de 2014 cuando Isaac se ha decidido a dialogar y debatir con su abuelo para intentar dar respuesta a muchas preguntas que tiene sobre la sociedad actual, y que por una causa u otra, no ha conseguido dilucidar con su grupo de amigos en Zaragoza.

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