Cuerpo y mente. La tácita simbiosis.

Son las 7,30 de la mañana. Soy de esas personas que no bajan las persianas de su habitación al acostarse, para que el fulgor del nuevo día me obligue a levantarme y a comenzar un día nuevo. Justo al levantarme de la cama, suenan jóvenes vocecillas en mi cabeza que me dicen: “¡acuéstate, es verano!”. Sé que para muchos, levantarse a esta hora en verano pudiendo no hacerlo es un delito. 

Hoy me he levantado temprano para correr por el monte, una de mis actividades favoritas. Correr temprano me evita asfixiarme con el calor del mediodía estival y además, me da vida para afrontar el resto del día. 

Preparo mi mochila con la bebida y el almuerzo, me pongo la ropa pertinente y salgo de casa aún con alguna que otra legaña. Aprovecho el espejo del ascensor para quitármela.

Correr por el monte es fantástico. Uno se cansa de ir por terreno llano donde la cronometrada monotonía reina, donde puedes correr sin mirar al suelo apenas, ya que no hay obstáculos. Correr por terrenos llenos de vegetación, piedras, cuestas, implica estar atento a cada pisada que das, lo cual le añade diversión al deporte.  

Mientras corro, suelo escuchar música, aunque a veces no lo hago para escuchar el sonido de la naturaleza, mis pisadas y mi corazón con la frecuencia cardíaca elevada. Para correr por el monte, tengo una lista de canciones cuyos nombres no son “autor + nombre de la canción” sino que tienen el nombre de personas de mi vida. Canciones que, de alguna manera, simbolizan a ciertas personas que hacen más rica mi vida. Tras el silencio del final de una canción, comienza otra y entonces, recuerdo a esa persona, algunos momentos vividos con ella y sonrío. A ratos canto -no hay nadie por aquí- a la vez que corro por terrenos técnicos donde cada pisada es clave; mi alma está liberada, está en paz, está contenta. Los árboles, las mariposas, las flores…están en el mundo igual que yo, no voy a luchar contra ellos, voy a convivir con ellos. No quiero estar aislado de la naturaleza, ser un mero urbanita que infravalora el oxígeno y farda de tener museos, rascacielos o teatros en su ciudad. 

Al fin, alcancé la c2014-07-30 09.38.34ima. La cima, ese punto zen para los montañeros. Esa sensación de ser-en-mí como la que siente el cantante en el concierto de su vida, como la sensación que siente el escritor al ver finalizada su obra. Esa sensación de legítimo y verdadero presente, de tranquilidad y sosiego, donde el cuerpo y la mente se ponen de acuerdo; ese cuerpo y esa mente que a menudo rivalizan entre sí. 

Dice Kilian Jornet, el rey del ultratrail, que al estar en ese punto de paz es cuando ves lo sencilla que es la vida con la naturaleza y lo complicada que lo es ahí abajo, que lo complicamos todo los humanos: tanques, tecnología, maquillaje, caretas, ruido y humo. 

Yo, en ese punto de máxima altitud, me digo en voz baja: 

-¿Por qué lo tenemos que complicar todo tanto? ¿Cuándo nos corrompió lo material? Heidegger tenía razón: “el hombre ha olvidado al ser y se ha entregado al dominio de los entes”. No necesitamos tanto para sentirnos bien, en paz. 

Tras comer el almuerzo, me dispongo a bajar recordando esa frase que dice: “una montaña se corona al bajarla”. Noto el cansancio, pero lo puedo controlar. Sigo cantando mientras observo a otros como están subiendo y sufriendo. No nos saludamos pero nuestras miradas lo dicen todo. Aquí arriba, todos somos compañeros. 

Me gusta la vida urbana y vivo la gran mayoría del año en la ciudad, pero eso no quita que cuando pueda, me escape de la urbe ahumada y busque la paz, el silencio y la armonía entre mi cuerpo y mente, a modo de reset. 

¿Cuándo fue la última vez que estuviste en-ti-mismo/a? ¿Cuándo fue la última vez que te quitaste el disfraz? No hace falta que vayas a correr al monte, como yo. Simplemente encuentra la paz en la sencillez extracotidiana. 

 

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